
Relato: "El ciclo de las heridas"

Desperté en un cuarto oscuro, únicamente iluminado por un pequeño foco. No recordaba nada. Comencé a sentir un hormigueo recorrer lentamente a través de mí, desde la punta de mis pies hasta mis cejas; los dolores en las muñecas y en la cabeza se volvieron insoportables, todo esto mientras mi corazón latía aceleradamente y sentía mis manos como dos cubos de hielo.
"No otra vez"- pensé.
Por más que lo intentaba, no podía moverme. Traté de gritar, pero fue en vano, las palabras no salían de mi boca. Empecé a experimentar una sensación de ahogo acompañada por un mar de lágrimas que descendían a lo largo de mi rostro. Escuché que alguien se aproximaba. El sonido de sus pasos acercándose retumbaba en todo el lugar hasta que sentí una mano posicionarse justo en mi espalda.
Gire la cabeza lentamente. En ese momento, la luz se encendió y lo que vi, me dejó atónito. Estaba en frente de mí yo de niño. Sin decirme nada, solo me indicaba que lo siguiera, sin embargo, me era imposible. Decidí cerrar los ojos y cuando los abrí, me situaba en la habitación número 17 de un hospital. Aun sin poderme mover, observé a mi madre, quien se encontraba acostada, visiblemente cansada y afligida.
En mi mente, solo podía escuchar una palabra, que se repetía constantemente: "Cáncer, Cáncer, Cáncer"
Por más que me intenté acercar a ella, no pude. Quería decirle todo lo que en su momento no le dije; que todo iba a estar bien; que sin importar lo que pasara iba a estar con ella; que no la abandonaría; que no tenía que mostrar fortaleza para que yo me sintiera bien; que entendía su sufrimiento; y que haría todo lo posible por ayudarle a sobrellevar esa terrible enfermedad. Pero no, de nuevo no pude, y un sentimiento de impotencia se apoderó de mí. Si bien era cierto que era apenas era un niño, sentía hasta ese instante que No había estado para ella cuando más me había necesitado. Pero lo cierto era que nunca había sabido como expresarle lo que había vivido.
Cuando pensaba en todo eso, escuché el sonido de una campana sonar 5 veces y posteriormente, apareció nuevamente mi versión de niño, quien me tomó de la mano y me trasladó hacia otro sitio, mismo que de inmediato reconocí. Era el salón de clases de mi primaria. El niño se sentó en su asiento y sus compañeros lo comenzaron a molestar, tirándole sus libretas, metiendo sus lápices en una botella con agua y expresándole palabras que retumbarían por muchos años dentro de sí. Recordé perfectamente esa escena y cómo todos junto con el maestro observaban y no hacían nada. No obstante quien había tenido hacer algo era yo, hacerles frente y decirles que se habían metido con la persona equivocada y mínimo mostrar algún signo de resistencia. Pero no, no pude. Aun sin poderme mover, observé a mi versión de niño querer llorar y sentirse vacío por dentro, con miedo y sin encontrar apoyo en nadie, y peor aún, sintiendo que él mismo había provocado esa situación por no saber cómo agradarles a los demás. Decidí no ver más la dolorosa escena y enfoqué mi mirada en el calendario, mismo que marcaba como fecha 19 de abril.
La luz nuevamente se apagó y cuando se encendió, vi a una versión mía, pero esta vez unos años más grande, sentado en otro salón de clases tomando la clase de literatura. El maestro me asignaba leer el capítulo 4 del libro y cuando comencé la lectura fue inevitable que tartamudeara y me trabara. El profesor me comentó que cómo era posible, que para eso existían los signos de puntuación y que me debía detener hasta el punto. Me hizo repetir la oración una y otra vez, y en cada intento pasaba lo mismo, me trababa y no podía llegar al punto. Sentía las miradas de todos sobre mí y el instructor se mostraba desesperado, Recordé como me había sentido ese día. No podía concebir cómo era posible que no pudiera leer de corrido una maldita frase y que algo tan fácil como lo es hablar, cosa que las personas hacían sin ningún problema, yo no pudiera. Había tenido que repetir la frase 16 veces hasta lograrlo. A partir de ahí, cada vez que leía sentía que no iba a poder y temblaba cuando tenía que hacerlo.
Unos instantes más tarde, todavía estando inmóvil y bajo los estragos del ataque de pánico, apareció un fuerte viento, mismo que me movió hasta llegar a una carretera de doble sentido. Una ambulancia y varias patrullas de policía se ubicaban en lo que según un señalamiento era la avenida número 14. Un oficial levantó la tela que cubría un cuerpo y fue ahí donde vi el rostro de mi mejor amigo, sin vida. Quise correr hacia él y abrazarlo, pero no. No pude. Sentí que alguien me atravesó, haciéndome sentir un escalofrío. Era mi yo de joven, quien corría hacia la escena. Recordé cómo me sentía, me arrepentía de no haber pasado los últimos años con él, de haber dejado que nuestra amistad se fuera diluyendo y me culpaba de no haberlo buscado tan siquiera para saber cómo estaba y cómo le iba.
Para ese momento, los dolores se habían intensificado al grado de hacer que me desmayara. Cuando recobré el conocimiento, me situaba en la sala número 1 de un cine, sentado en una de las butacas, La película comenzó y fueron pasando imágenes de las chavas que me habían rechazado en algún momento de mi vida y las que llegué a sentir algo por ellas, pero no me atreví a decirles nada por medio a lo que fueran a pensar. ¿Quién iba a querer estar con alguien como yo? Cómo alguien se iba a fijar en mí, cuando ni siquiera podía expresarme bien. Fue por eso que había decidido no decirles nada ni siquiera invitarlas a salir, dejándome un gran dolor por dentro; especialmente cuando vi en la pantalla el rostro de una persona, de quien había estado sumamente atraído, por los momentos que llegamos a compartir y a la cual nunca fui capaz de decirle lo que sentía. Me culpaba de ser así y de haber dejado pasar tantas oportunidades.
La película terminó y salió de la pantalla una versión mía, quien me cargó y me llevó con él hasta llegar al auditorio de mi universidad. Me sentó en una silla y él se acercó al estrado, tomó el micrófono y comenzó su presentación. Recordé lo que había experimentado ese día, una ansiedad y un nerviosismo extremo, que hizo que no parara de trabarme y no pudiera hilar una frase. Mientras presentaba, no dejaba de observar el micrófono marcado con el número 21, ya que sentía que nadie me estaba escuchando. Lo que debió de haber sido un momento de celebración, se había convertido en un martirio para mí, y de nuevo recordé la culpa de mostrarme en ridículo frente a todas las personas. Y eso no había sido lo peor, cuando terminó la presentación, y yo seguía sentado en una silla del fondo, observé a mi versión de ese año. Vi cómo mis demás compañeros estaban junto a su familia, y él estaba solo, ya que no los había querido invitar para que no lo vieran cómo exponía. Me había sentido desesperanzado, pensando que nunca sería capaz de dar una buena presentación y que siempre cargaría con ese peso. Justo cuando el reloj marcó las 5 de la tarde, se postró frente a mí la versión mía del inicio y me tocó la frente, haciendo que volviera al cuarto oscuro donde había despertado. Comencé a pasar por las diferentes escenas una y otra vez, cada vez rememorando el dolor que me habían causado las mismas.
Únicamente quería que la pesadilla terminara, pero no sabía cómo. Sin embargo, como fan de los misterios, decidí tomarlo como uno y sabía que debía de haber una forma de romper el ciclo, el ciclo de heridas.